jueves, 31 de mayo de 2012

El guardián de las letras gastadas

Y ahí están, todas las letras que el mundo puede abarcar. Miles, millones, ni siquiera se pueden contar. Están reunidas, custodiadas por un mudo guardián. Preparadas para ser distribuidas por los diferentes países del mundo sideral. Innumerables símbolos que entremezclados reflejan pensamientos incluso sentimientos que nos emocionarán. Lo que nadie sabe, salvo el guardián de los símbolos infinitos, es que todo tiene un final. Palabras que al ser pronunciadas por siempre se perderán. Palabras que el viento soplará y arrancará de hojas que blancas se tornarán. 

Hace unos años, cuando era una niña, me encontré con alguien que me vio llorar. Te he encontrado. Te he reconocido -me susurró. Te estuve buscando todo este tiempo. Tuve miedo de haber hablado demasiado en mi juventud por eso callé en mi vejez. Tengo un secreto que contarte y espero que lo guardes bien. Estas son las últimas letras que me quedan y que quiero compartir contigo. Ahora eres joven pero has de comprender que las palabras se ahogan en el agua y se evaporan con el sol. Cuando tú acabas de nacer -continuó diciéndome, yo te regalé tu saquito de letras y con ellas has expresado durante ocho años emociones que jamás olvidarás. Pero has de entender que sin vocales no se puede hablar. Algún día crecerás y cuando ames a alguien se lo querrás expresar. No pierdas "Q" en el camino si no lo sientes de verdad. Pues es un dolor insoportable querer y que el otro no lo pueda escuchar. Si las haches son mudas no las uses al hablar pues si las gastas cuando quieras escribir tu nombre ya no te quedarán. Llegado el momento elige a alguien ue esté triste y copártele nestro secrto". Y así es como el guardián perdió su voz.

Los dos años que siguieron a ese día se basaron en sonrisas lejanas entre una niña y un anciano desconocidos entre sí. Un día al mudo guardián, que ya no conservaba letras, su corazón le dejó de funcionar. Yo fui la única persona que conoció su secreto, hasta ahora. Cuando los jóvenes transeuntes vieron a un viejo de pelo largo y canoso que hacía años habían visto vagar por las calles, al que siempre miraban de reojo y del que siempre se alejaban, lo vieron tirado en el suelo y no hicieron nada. Al fin se ha ido -creí escuchar. Me acerqué temerosa esperando lo peor. No podía ver entre tanta multitud de personas al rededor. Estaba aferrado a este papel y no contiene nada -dijo alguien con desprecio. Y lo soltó. El papel voló por encima de las cabezas de los mirones que ahogaban el espacio. El viento lo hizo volar en ondas de zigzag y lo atrapé con fuerza. No quería mirar, pues el vacío de un papel en blanco no lo podría soportar. Aquel hombre malgastó sus últimas palabras en revelarme su secreto. Si yo no le hubiera escuchado, si hubiera sabido que yo enmudecería su voz no le hubiera dejado pronunciar palabra alguna. Pero no conocí su secreto hasta que me lo contó. Me alejé cuanto pude de allí. Me alejé de los mirones que insultaban su cuerpo simplemente por estar cerca de él. No pude correr más. Caí de rodillas contra el césped y comencé a llorar. Con lágrimas en los ojos, miré el papel. Había dos letras escritas que sólo yo pude entender. "Q H". Y poco a poco vi como ambas se esfumaban de un papel que quedó en blanco y siempre conservaré. Hay cosas más importantes que silenciar una voz. Yo aprendí a partir de dos letras a no mentir jamás. 

(Foto: http://reivindicacionespoeticas.wordpress.com/reivindicaciones-poeticas/about/mi-avion-de-papel%E2%80%8F/)

lunes, 14 de mayo de 2012

Simplemente "hasta que nos volvamos a ver".

Estoy sentada en mi cama, con la luz apagada, iluminando la habitación con la pantalla del ordenador. Y creo que hoy es el momento para las despedidas. Supongo que llevo mucho tiempo aplazando este movimiento porque durante más de cinco años esto ha estado bien. Ahora siento que no hay nada más que decir. Que las cosas, a veces, se acaban. No puedo estrujar más mi cerebro para que encuentre sentimientos que no existen. No puedo forzarlos ni hacer que los que existan sean suficientes para crear historias. No lo son.